La vida en carrera
El 14 de febrero de 1964 fue un día de San Valentín como cualquier otro en Lonquimay. Bruno Bernal tenía entonces 34 años y trabajaba en esa localidad como funcionario de aduanas. Podría haber aprovechado la ocasión para celebrar junto a su pareja. O podría haber ahogado sus penas de amor en algún bar del pueblo. Pero don Bruno prefirió salir a trotar y quedó flechado ese mismo día por una pasión que le ha consumido la mitad de su vida: correr.
Esa vez en Lonquimay lo dejó todo. Ya no le interesaba el trabajo, el matrimonio o el profesionalismo. Incluso decidió no enamorarse, para poder correr tranquilo y no tener que rendirle cuentas a nadie. Fuerte lo suyo, porque ya lleva 36 años corriendo, con dos vueltas al mundo bajo sus pies y una cantidad infinita de vivencias que va plasmando en poemas y composiciones.
De los siete días de la semana, don Bruno entrena cinco. "El sábado y el lunes son para acumular energías, recuperar fuerzas y seguir corriendo", dice entusiasmado, como si tuviera en mente batir algún récord o ponerse a punto para algún certamen de relevancia. Pero la figuración y el estrellato siempre han estado lejos de sus proyectos: él sólo quiere vivir lo suficiente como para completar los 100 mil kilómetros recorridos.
El mes pasado, Bruno Bernal fue a Santiago para correr en el maratón internacional de esa ciudad. Demoró 4 horas y 37 minutos en llegar a la meta, exactamente una hora más del tiempo que ocupó en hace diez años cuando debutó en la prueba de los 42 kilómetros.
Bernal había participado seis veces en la competencia y sólo en una oportunidad había sido superado por un extranjero. El resto de sus marcas incluso contemplan un récord chileno en la categoría de 65 años y más, en 1995. Pero en esta ocasión Bernal llegó segundo. Y por primera vez le ganó un chileno, el captalino Pelayo Vial. Don Bruno dice que no fue un fracaso, "pero sí es un resultado muy malo. Me descuidé en la preparación, me faltó un kilometraje un poco más elevado en el entrenamiento", se recrimina ahora.
Quizás la frustración del momento gatilló entonces una escena sorpresiva y chocante para muchos: durante la premiación, Bernal bajó del podio, tomó el micrófono y anunció su retiro de las competencias oficiales. Ahora, un poco más tranquilo, dice que está arrepentido, pero no quiere romper la palabra que ya empeñó.
HISTORIAS DEL CAMINO
A don Bruno le sobran las historias. La mayoría son tristes, por cierto. En muchos de sus recorridos por la avenida España, entre Viña y Valparaíso, Bernal recuerda haberse detenido a contemplar los restos de algún atropellado o los fierros retorcidos de vehículos chocados. Pero el episodio que más lo entristece se lo tuvieron que contar: el accidente de la atleta Verónica Velásquez, que fue atropellada a comienzos de año mientras trotaba por la avenida Altamirano en Valparaíso. La corredora falleció a los cinco días y la tragedia quedó en el silencio.
Bernal siempre ha tenido en cuenta que arriesga la vida al trotar por avenidas archiconocidas por los excesos de velocidad. Pero lejos de preocuparse, el corredor cuenta que por las calles transitan sus mejores aliados: los micreros.
El mundo de lo insólito tampoco queda fuera de su itinerario. En 1969, mientras corría en la pista del Estadio Valparaíso, un perro le dio un feroz mordisco en su pantorrilla. Nunca le sucedió algo similar en sus recorridos por las calles. Y lo increíble no es que un quiltro lo hubiera mordido en un reducto reservado sólo para deportistas. Lo más impactante es que, treinta años después, en 1999, el episodio se repitió en el mismo estadio y en el mismo lugar de la pista. Obviamente se trataba de otro perro, pero "no entiendo cómo la seguridad en Playa Ancha sigue siendo la misma después de tres décadas", reclama el trotamundos.
Bruno Bernal corre en promedio dos mil quinientos kilómetros al año. Su estadística personal registra como punto más alto a 1996, año en que completó 80 mil kilómetros recorridos, el equivalente a dos vueltas al mundo. Y aunque las ganas para dar un tercer giro le sobran, Bernal dice que "es imposible porque es mucho el tiempo que se necesita".
Pareciera que don Bruno esconde tras su frondosa barba alguna cábala. Pero no. Se niega rotundamente a aceptar cualquier superstición. Los 20 pares de zapatillas que conserva tampoco los guarda porque le traigan suerte. Simplemente los va acumulando, "porque todas están hechas especialmente para mí por un gran amigo. No hay ninguna gran marca detrás de mis pies".
Bruno Bernal corre por correr. De pronto uno piensa que ha derrochado su vida en algo que no le ha dado grandes retribuciones. Pero se entiende. Se entiende porque esto nació en forma espontánea. Y se entiende porque nadie realiza un peregrinaje de semejantes proporciones sin motivación alguna.
Don Bruno es el único que puede decir que un día se enamoró para siempre y que nunca fue infiel.
Federico Grünewald B.