TESTIMONIO DE MI PARTICIPACIÓN EN IRON DESERT

PUERTO VELERO - 8 DE SEPTIEMBRE DE 2007

  

Amaneció como un negro día de invierno. Nublado, frío y con garuga. A las 7:30 AM estábamos dejando la bicicleta y marcándonos el cuerpo. Te ponen el número de competidor en las pantorrillas y en los biceps, con plumon grueso. Trotar un poco para tratar de calentar el cuerpo en esa fría mañana. Luego a ponerse el traje de agua. La arena fría que duele pisarla. A probar el agua. Mierda, mejor salirse. No, mejor tratar de acostumbrarse. Con 2 gorros de goma para proteger la cabeza. De a poco se logra. Las olas que reventaban, ni te digo. Una vez acostumbrado, para fuera del agua. A las 9:00 se da la largada. Somos como 70. Yo me quedo, a propósito, atrás. Basta con el frío y el viento, para qué agregar las patadas de los otros. Las olas que reventaban no te dejaban avanzar. El viento no te dejaba respirar. Después de mucho esfuerzo ya estoy mas allá de donde revientan las olas. Con las olas que subían y bajaban hasta 2 metros, al bracear a veces quedabas en el aire, y a veces el brazo que iba hacia delante, era arrastrado con violencia por la ola siguiente. Puedo dar testimonio que el agua de mar es salada. Tragué varias veces a boca llena. Con gran dificultad, mucho más que lo que significa escribirlo ahora, logro llegar a la primera boya. Qué linda se ve de tan cerca, cuando hace pocos minutos la veía de lejos, a veces, pequeña. De ahí doblar hacia la segunda boya, y luego hacia la playa. Salir, caminando o nadando, con la resaca que te lleva hacia dentro, para luego trotar en la arena hasta un cono y volver a meterse al mar. En ese minuto dan ganas de abandonar. Bueno, si vinimos hasta acá. habrá que seguir. A repetir la gracia. La segunda vez me cuesta harto menos. Me desvío menos y sé como respirar en las braceadas. Salgo en 42 minutos, para los 1900 metros. Bastante buen tiempo, dadas las condiciones.

Sacarse el traje, secarse los pies, sacarse la arena entre los dedos, ponerse los calcetines y los zapatos de bici. Sigue la garuga, por lo que me pongo el cortavientos. Echo comida en los bolsillos de la espalda. Parto. Al tiro una subida de miedo. Empiezo a pedalear en buen ritmo y con sensación de mucha energía. Comienzo a acercarme a otros participantes que sé que son mejores que yo, por lo que decido bajar el ritmo. Me comienzo a hidratar y alimentar. Al terminar la primera vuelta al circuito, el asentadero ( alias poto ) me duele a más no poder. Pienso en que me puede hacer abandonar. Cuando puedo, me levanto del asiento. Se puede controlar el dolor. El frío en las manos me hace difícil manejar los cambios. El pavimento mojado. Peligroso. Aparece el cansancio. Me empiezan a pasar varios. No puedo hacer nada para seguirlos. Me doy cuenta que de hacer más esfuerzo, las piernas me van a pasar la cuenta en el trote. Me mantengo como puedo. Hasta que, oh, gracias Señor, llego al final. Bajarse rápido para cambiarse de zapatos y ponerse a trotar. Siento los pies congelados, y como si fuera trotando sobre 2 herraduras. Recién a los 4 km se me pasa esa extraña sensación. Los calambres que habían asomado en la bici, siguen al borde de su total expresión. Todo el trote es de control para que no se manifiesten. Lo logro, a veces a expensas de ir muy, pero muy, lento. No importa, hay que seguir. Me doy cuenta que es un tema mental, y de paciencia. Qué importa si me demoro. Lo que quiero es llegar al final. Hacer aguantar todos los músculos, sabiendo en cada momento cuanto quedaba para finalizar.  Después de 2 horas de trote, viene la ultima bajadita, último plano, doblar a la derecha y ver la Meta. En los últimos metros puedo imprimir mas velocidad, pleno, feliz. Cruzo la Meta a las 6:17' ( o sea, seis horas y diecisiete minutos ).

Luego de eso, hidratarse, alimentarse, estirarse. Después a la cabaña a ducharse y partir de vuelta a Santiago. En el viaje, otro colega que compitió también me dice “Yo creo que tenemos que tener un tornillo suelto, todos los que participamos en esto. Pagamos por inscribirnos, pagamos por alojarnos, bencina, peaje, dejamos a la familia, y todo para venir a sufrir...” Sin duda, tiene la razón.

 

Enrique Hepner González