La
mañana aquella era especial, el desafío que presentaba
la preparación de una carrera larga estimulaba las levantadas
temprano, sin importar si hacía frío, si dormiste poco,
si estabas cansado, si tenías algunas articulaciones doloridas
o sentías la perversa tentación de quedarse en tu cama
caliente junto a la persona que comparte tus sueños.
Recuerdo que era temprano y salí por las calles de adoquines en dirección a ese parque añoso que quedaba cerca de un gran cerro por cuyo costado pasaba un río, un río visto en general sin interés por la gente que transita las calles a su alrededor durante la agitada semana, o bien no es apreciado jamás por quienes regresan tarde a sus casas, que sólo ven las luces de los semáforos y la insolente tercera luz de freno del automóvil que va delante, que insiste en encenderse frente a sus caras. Pero ese era un día domingo, un muy buen día para kilometrar. Hasta el momento la condición física me acompañaba y estaba entretenido. Pasé por la feria donde se instalaban a esa hora los comerciantes y más tarde divisé uno de los edificios emblemáticos de la ciudad, aquel que años antes había visto arder por los cuatro costados y cobrar el dolor de muchos que detenían sus carreras sin poder encontrar una explicación. Me sentí agradecido de la vida, cobré fuerzas para retomar una pequeña pendiente hasta que ver una de las cosas que buscaba; sí era esa, era la pequeña plaza de la esquina, que en una película que vi el día anterior, se había transformado en escenario natural para varios parlamentos y escenas escogidas por su director. Estaba justo al costado de ese mismo río, de esas mismas aguas, de esos mismos árboles y dentro del escaso ruido que a esa hora temprana ofrecía la ciudad. Era siempre un placer explorar rutas nuevas para correr, vi la pequeña plazoleta, sentí el silencio de los automóviles, corrí muy junto al río y hasta gaviotas encontré en medio del cauce, las que se criaron muy lejos del mar atraídas por la abundancia de alimentos del lugar. Estaba metido en esos pensamientos y en esa contemplación mientras corría, cuando me di cuenta que frente a mí y caminado agitadamente en ese mismo sentido, dos hombres que dejaban ver canas por debajo de sus gorros de lana. Me dio la impresión que usaban la misma mañana y el mismo escenario que usaba yo, para hacer lo mismo que yo, pero diferente. Ellos se acompañaban lo que me produjo una sana envidia; iban uno con el otro, muy cerca entre sí, casi como para hablarse al oído sin perder en el habla el escaso calor que la mañana mezquina les podía quitar, ¡que viejos estos! pensé mientras ya los dejaba atrás, porque me daba gusto cómo de tan amigos que eran, incluso disfrutaban del frío, de caminar, del paisaje, el río, y los comentarios maliciosos que intercambiaban mientras su agitada respiración se los permitía. Casi imaginaba mi vejez como ellos, siendo un terco que en vez de ceder a la tibieza de la cama, podía salir a disfrutar de esa ciudad que tanto nos desgasta pero que en mañanas como esas podemos disfrutar. Seguí
corriendo ya bastante más de una legua, cuando me encontré
solo, en medio del tramo de una carretera, siempre junto al río,
con la cara tapada con ropas para no sufrir del frío y con
mis ojos resecos por la brisa muy fría que de frente me esperaba.
En ese momento comenzó a amanecer y con el sol nos vimos las
caras, se despejó la bruma y volví a ver junto al río
los lirios de campo, los pastizales blancos por la helada y sobre
una piedras junto al camino, dos loicas que parecían competir
en belleza frente al asomo del sol, mientras entibiaban sus pequeños
cuerpos antes de preparar un primer vuelo a la busca de la comida
matinal. El paisaje nuevamente especial, hacía olvidar el cansancio,
el frío, el dolor de las manos, y permitía sentirse
grande en lugares que normalmente te empequeñecen y arrollan
con sus ruidos y su velocidad. De las loicas ya ni me acordaba, de la sed ni hablar, veía todo mejor ahora con el sol a mis espaldas y de los viejos marchantes ni siquiera me había preocupado. Eran ya tres leguas en total y me faltaba aún para regresar a mi hogar. Cabeza gacha estaba e esto, cuando por segunda vez me sorprendí: ¡eran los viejos! Pasaron por la misma carretera que yo, con el mismo frío que sentí, vieron también el asomo imponente del sol y se dedicaban a devorar más y más kilómetros en su pintoresca marcha, mientras disfrutaban uno del otro casi pegados a sus orejas, contándose chismes, hablando de fútbol, de sus achaques y su amistad. Nos cruzamos ellos hacia el sol y yo en la vereda del frente ya lejos de los árboles, ni siquiera advirtieron que los vi. Ya a lo lejos noté que se quedaron en el puente sobre el río, cobrando a los rayos de sol su justo premio de calor acogedor, junto a las flores de la rivera que a esa hora despertaban frágiles y entregaban su resplandor. Imaginé que luego de agotarse y disfrutar, los viejos subirían en alguna movilización que los regresara a sus casas y su descanso. Yo continué concentrado en mis zapatillas, quise probar suerte y volver a mi casa cruzando por el cerro. A esa hora ya mucha gente trotaba desafiaba al frío y como siempre, ese majestuoso altillo presentó espectáculos aparte a los que no me voy a referir, puesto que servirían para escribir incluso cuentos de corredores o cosas parecidas, que siempre se le ocurrirá organizar a alguien por ahí. Regresé a mi casa luego de poco más de dos horas, mis cinco leguas en las zapatillas me pedían un descanso, el agua nuevamente se había acabado y una deshidratación leve hacía que tanto abrigo comenzara a molestar. Ya no había escarcha en las calles, subí a mi departamento en un cuarto piso a estirarme mucho, tomar un baño y un desayuno reponedor. Conversé con mi señora, le conté los 26 kilómetros de ese día y luego reposé. No sé si fue sólo unos segundos o bien algunos minutos, pero caí en un letargo que me llevó a ver algunas pocas imágenes como si fueran un sueño fugaz y... ¡los viejos ahora en mi sueño otra vez!, ahora en cambio sí me miraron, pero sorprendido en ese momento casi lloré. Aunque viejo, de gorro y canas, me reconocí..., uno de esos era yo. Desperté y comprendí mi sino: Como fuera y donde fuera, tenía la dicha de estar condenado a disfrutar de las cosas hermosas. No iba a estar sólo, el otro viejo mucho más viejo que yo, era todo en uno el río, el cerro, los pájaros, el sol y la escarcha, avanzaría siempre conmigo aunque yo sólo pudiera hacer una marcha. El puente y las flores eran algo especial, lo uno era mi casa, mi reposo acogedor; lo otro ya lo saben..., era mi flor, mi propio resplandor.
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