| LA
PERLA NEGRA Cuento por Matias Sepulveda |
| |
| |
En el kilometro 0,5, habiendo ya escapado del resto del grupo, dejé
la ruta demarcada por los organizadores y giré hacia el norte por
Carrascal de acuerdo al plan acordado. En el punto de encuentro me
esperaba Servando Villano, con su flamante Taxi LADA 5128, 1.300cc.
El vehículo, envidiado en Lo Espejo, La Granja y Pedro Aguirre Cerda,
lucía una esbelta cola de zorro flameando en la antena, un animado
tigre moviendo su cabeza en el tablero del piloto, sendos adhesivos
de un risueño monstruo verde asomándose por el vidrio trasero y de
un adolescente orinando adherido a la maleta, además de una reciente
aplicación de Cera Kit, aún sin enguajar. Las cartas estaban echadas.
Entré raudo al auto y Servando me ofreció de inmediato un combinado
matutino, elegantemente servido en vaso plástico, preparado con bebida
cola desgacificada de la noche anterior y pisco de 30º en sachet.
Dudosa procedencia. Gran sabor, delicado aroma. Como buen deportista,
acepte el gesto de amabilidad del bribón y recuperé rápidamente el
líquido perdido en los 500 metros de carrera que alcancé a correr.
Rugió luego el motor del bólido y enfilamos tranquilamente hacía la
meta. A 500 metros de la llegada estacionamos la morena preciosura
a distancia suficiente para no ser detectados por los jueces ni por
mis compañeros de carrera. El pelotón aún no pensaba en llegar y Servando
me ofreció otro delicioso combinado. A medida que sus efectos se empezaban
a sentir, se nos soltaba la lengua y salían a colación variados temas
de nuestra niñez al borde Zanjón del Aguada. De improviso cuando comenzábamos
la preparación de la tercera bebida, el exigente zapateo de Erika
Olivera entrando por la Costanera hizo vibrar la superficie de nuestras
piscolas. Despabilamos. El plan debía continuar, la idea era entrar
a la meta dentro del grupo de avanzada o de nada serviría nuestro
chantaje. Algo mareado y con la vejiga a medio repletar, comencé a
abandonar el vehículo. Un palmazo en la nuca de Servando me hizo retroceder.
- Oye agilao! Mirate hueono....si ni siquiera estai transpirado....
- Chemimaaaaaaaaaaadre! La aseveración de mi socio Servando fue categórica.
¿Como cresta íbamos a lograr que los jueces de llegada me incluyeran
entre los diez corredores de avanzada si mis sobacos tenían menos
humedad que una momia atacameña? Cobrar el premio así, ni pensarlo.
A pesar de las tres piscolas, Servando dejaba entrever un claro gesto
de desconsuelo que se iba apoderando lentamente de su eterna sonrisa.
Por mi mente desfilaba la imagen viva de mi cómplice resignándose
a entregar su amado bólido al mismo usurero que hace escasos cinco
meses le había prestado el millón doscientos mil pesos que necesitaba
para cumplir el sueño del auto propio. La dupla goleadora, los giles
más escurridos de la pobla, los que en la puerta de la cana lográbamos
coimear al paco con más cara de perro, esta vez estabamos helados.
Petrificados como dos cubos de hielo en el interior del pomposo aparato.
Mientras deslizaba mis temblorosas manos por el tapiz de terciopelo
atigrado, pude observar, bajo el asiento trasero, algo que rápidamente
activó mis atontadas neuronas. Bajo el cojín de cebra, el inmundo
de Servando había dejado olvidada una malla de cebollas. Más allá,
como si el destino estuviera confabulando en nuestro favor, un exprimidor
de limones. - Tápate los ojos Servodrio - articulé nervioso - te voy
a hacer llorar maricón! Con movimiento fuertes y precisos comencé
a exprimir, uno por uno, los perfumados bulbos, mientras cerraba con
toda mi fuerza los párpados para no caer presa del llanto. Cuando
logré estrujar una considerable cantidad del maloliente néctar, me
retiré rápidamente la musculosa y comencé a esparcir el jugo por todo
mi cuerpo, poniendo especial esmero en la entrepierna y la axila.
- Misión cumplida amigazo, no se despida todavía de la "perla negra"
- exclame triunfante mientras abandonaba raudo el singular vehículo.
Fue así amigos, como logre cruce la meta en tercer lugar, sin levantar
sospecha alguna y pisándole los talones a la Erika Olivera y a Matías
Brain. A primera hora del lunes, Servando y yo, abandonábamos victoriosos
las puertas giratorias del Banco del Estado de Alameda con $1.500.000
en billetes nuevos de 10 lucas ocultos en el calcetín derecho de mi
mejor amigo. Más tarde celebraríamos en un conocido café de calle
Portugal y por culpa de una morena y esquiva perdición, dueña del
par de piernas más hermoso de Santiago Centro, me vería forzado a
entregar parte de nuestra efímera fortuna. Pero esa es otra historia,
un relato que les contaré cuando la inspiración llame nuevamente a
mi puerta.