El
corredor certifica solemnemente su hazaña el lunes en las páginas
de The New York Times: El lugar de encuentro, justo en el comienzo de Staten Island, es un escenario de extraña convivencia internacional en el que hombres y mujeres de un centenar de países comparten vaselina para untarse en la entrepierna y orinan codo con codo. Las instrucciones recomiendan vaciar la vejiga al menos 20 minutos antes de la hora de salida, y 32.000 personas cumplen ese consejo a rajatabla, aunque algunos lo hagan 20 segundos antes del cañonazo de partida y sobre las zapatillas del vecino. Ese
instante de la orden de marcha está precedido de la parafernalia
precisa para convencer a los Los primeros metros de la carrera, cuando la marea se introduce en Brooklyn, transcurren entre gran excitación. El pulsómetro marca un ritmo alocado del corazón y los primeros gritos de los espectadores confunden más que alientan. El maratón sirve también para echar un vistazo, como en un tour turístico, a la drástica división social y racial de Nueva York. La carrera recorre los cinco distritos de la ciudad (Staten Island, Brooklyn, Queens, Bronx y Manhattan) y en ellos se pasa a través de comunidades mexicanas, negras, puertorriqueñas, centroeuropeas, italianas, judías hasidic... Es una oportunidad para el patriotismo simplón. ¡Viva México! ¡Viva Argentina! ¡Allez la France! Los españoles, la verdad, pasan bastante inadvertidos, aunque un mexicano de Queens, que no ha reparado en el número de franjas rojigualdas, grita viva España al paso de un catalán enarbolado en la senyera. Las bandas latinas de Brooklyn animan a elevar el ritmo. Diez calles más allá es un grupo de rock el que empuja a los corredores en una cuesta. Después, el coro de una iglesia baptista, las majorettes de una escuela secundaria pública de Queens, una banda de gaiteros escoceses, unos bailarines irlandeses... En algunas calles, con muy poco público, la música que unos adolescentes le sacan a unas latas de basura no disminuye el aspecto de desolación y pobreza del entorno. Al entrar en el Bronx, los niños ofrecen agua con ese acento inconfundible del Nueva York profundo -wara, wara- y un cartel enorme que tapa los desperfectos de un puente recuerda que se ofrece una recompensa de 10.000 dólares por cualquier información que conduzca a la detención de asesinos de policías. No todos los carteles son tan prosaicos. La mayoría de los que se leen durante el recorrido tienen un efecto evocador de la épica que se contagia entre los corredores. Las aceras están plagadas de mensajes, escritos con modestos recursos pero profusión de originalidad y cariño hacia los suyos y a otros que son los mejores. ¡Vamos papá, eres grande!, ¡Vamos, Jack, la gloria está cerca! ¡Te quiero más cada milla, Bob! Las marcas deportivas aprovechan el tufo épico de la jornada para vender sus productos. El final está unas cuantas curvas más allá, sobre una alfombra de hojas en Central Park, en donde Harlem pone el último acento de miseria en la carrera y entrega el testigo a la riqueza extravagante del Upper East Side. Las banderas del hotel Plaza y el olor a estiércol de las carrozas de turistas, en medio de un gentío nunca visto, son el anuncio de que queda un kilómetro para la llegada. Las fuerzas se han consumido. Se corre en una nube de emoción y extenuación. La suerte está echada. El objetivo está conseguido. La carrera ha terminado. Los corredores se doblan, vencidos por el dolor, y durante unos breves segundos se prometen que ésta será la última vez. Para la mayoría no lo será. Porque la meta no estaba allí, bajo ese cartel de Central Park cuando se oían las notas de "New York New York". La meta estaba en la imaginación de cada uno. |